Pequeñas Delicias De La Vida Conyugal

“…Si viene bien que sigamos juntos, haremos todo a pesar del mundo. Y no habrá penas para ninguno. Y no seremos dos sino uno…”

Día 1: Pronóstico reservado

Cumpa: dícese del amigo de la infancia con quien uno decide armar un equipo de aventura para escalar cincomiles, atravesar desiertos o perderse en la Pampa de Achala cordobesa. Trátase de un individuo acostumbrado al riesgo, el arrojo y lo desconocido, cuyo amor por la naturaleza lo conduce a despojarse de las ataduras terrenas de lo material para entregarse entero y puro a los elementos, y sentirse así un compañero animal más de la Creación.

Quisimos explorar la Sierra de los Comechingones. Quisimos ser los invitados del Cerro Champaquí a su cumbre. Quisimos foguearnos navegando un territorio nuevo. Quisimos bien, todo bárbaro.

Pero no quisimos lo que nos reservaba “El Champa”: cuatro días de lluvia en todos sus formatos y, lo que fue lo verdaderamente malo, cuatro días de niebla espesa y profunda que no nos permitía ver nada… ni orientarnos.

Visibilidad cero: no se veía nada

Resultado: nos cansamos de desorientarnos. Nos cansamos de perder el rumbo, de volver marcha atrás e intentar recuperarlo. Hasta el GPS pedía auxilio en un blanco entorno, monocorde y monótono.

Avanzando casi a tientas llegamos al primer puesto baqueano, en donde evaluamos lo único sensato de este viaje: “así no podemos seguir”.

Oportuna como siempre, la Providencia golpeó a nuestra puerta: apareció Hernán, guía de montañas cordobesas. Con generosidad accedió a que lo escoltemos en su camino a La Almohadilla, una pampa intermedia entre la base y las cumbres.

Luego de ocho horas de neblinosa y húmeda marcha, aceptamos con gusto el ofrecimiento de Hernán de alojarnos en su puesto. Nunca en la vida imaginamos de qué se trataba y al verlo, el gusto mutó en alegría incrédula: dos domos geodésicos perfectos, totalmente equipados.

La Star Wars cordobesa. No se veía nada.

“Hasta que uno se compromete con su visión hay vacilación, posibilidad de echarse atrás e inefectividad permanente. En lo que respecta a todos los actos de Iniciativa y Creación, hay una verdad elemental cuya ignorancia mata incontables ideas y planes espléndidos: en el momento en el que uno se compromete, la Providencia también lo hace. Ocurren entonces todo tipo de cosas positivas que de otra manera nunca hubieran ocurrido. De la Decisión nacen una serie de hechos que ponen a favor de uno incidentes fortuitos y asistencia material que ningún hombre podría haber soñado con obtener. Sea cual fuere tu sueño, comiénzalo. La Audacia tiene genio, poder, y magia.”

Cabe mencionar que Sir Edmund fue el primer montañista en coronar el Monte Everest en el año 1953, “Techo del Mundo” con sus 8.893 m.s.n.m.  Y no lo vamos a contradecir.

Día 2: De éxitos, miserias y milagros

Con desilusión comenzó el día siguiente al comprobar que la niebla y el mal tiempo persistían, y que el pronóstico no erraba. Nubes altas, medias y bajas todo el día, todos los días.

A pesar de ello nos informamos por radio que un grupo guiado intentaría una subida “hasta que fuera posible”, ya que para nadie existían garantías meteorológicas. Fue entonces cuando tomamos una actitud especuladora y miserable: beneficiarnos del grupo en cuestión y aprovechar su intento en rédito propio. Era la única opción, ya que no se veía un pomo. Raudos preparamos el equipo para una jornada de marcha liviana, y con una charla técnica y un plano emprendimos el camino hacia los filos.

Tal y como era de esperar no hubo manera de seguir lo indicado y tuvimos que desenvolvernos por nuestros propios medios, y resolver el rumbo sobre la marcha basándonos en nuestro instinto, el GPS -de invalorable respaldo- y en lo aprendido la jornada anterior mientras escoltábamos al guía, quien nos fue enseñando algunos datos útiles para la navegación en ese terreno.

Increíblemente, y luego de perder y recuperar el rumbo varias veces, este cúmulo de casualidades funcionó e hicimos cumbre tras de cinco horas de marcha, pero con el tiempo justo para comenzar el regreso.

Prueba de cumbre: 2.770 m.s.n.m. No se veía nada.

Advertirá el pícaro lector que el uso y énfasis del término “pero”, denota una particularidad: pasó algo que no deseábamos que ocurra.

No encontramos el camino de regreso. Una y otra vez acometimos diferentes bajadas y senderos que conducían a una misma desagradable sensación de estar en el momento y lugar inadecuados. Sin agua, sin comida, sin abrigo, con pocas horas de luz, en medio de una neblina impenetrable y… en la cumbre. No veíamos ni podían vernos.

“Debimos haber entregado la cumbre”, pensé afligido. Estaba preocupado y la exigencia psíquica era enorme (en otras palabras, estaba muerto de miedo). Ese miedo concreto que me acompañó durante el último tramo de subida y los breves minutos de permanencia en cumbre, cobraban sentido tétrico y real. Porque sabíamos que si algo fallaba, no había respaldo. Ya era tarde para arrepentirse.

Tomé nota escrita de coordenadas, y pedí auxilio por radio. El maestro de la escuela respondió el pedido e inició el operativo de rescate con un baqueano llamado Marcelo. Moduló Hernán desde los domos, y ambos nos indicaron que bajemos “por donde sea”. El caso es que no había visibilidad ni para el “donde sea”. La niebla era cada vez más densa.

Desesperado, recé.

Entonces, tuvo lugar un milagro: Sir Edmund Percival Hillary acudió a mis súplicas en nombre de la Providencia. Mágicamente se abrieron los cielos, vimos un sol dorado, tibio y brillante, vimos las cumbres del Champaquí y el Linderos a izquierda y derecha, perfectas, nítidas, solemnes. Y el valle completo se nos ofreció por delante en una imagen súbita y conmovedora.

Y el valle completo se nos ofreció por delante en una imagen súbita y conmovedora…

No hubo tiempo para el asombro ni el agradecimiento. Inmediatamente encontramos un camino de salida que indicaba el GPS y lo desandamos corriendo durante los minutos siguientes, largos como horas. A mitad del descenso encontramos a Marcelo y con él llegamos a los puestos. En ese instante, el último rayo de sol milagroso se extinguió.

Dos horas después, envueltos en las sombras de la noche y otra vez en la espesa neblina que todo lo ocultaba, llegamos finalmente a los domos. Agotados, tensos, con una mezcla de arrepentimiento y vergüenza, aprendizaje y escarmiento. Pero sanos. Y vivos.

Día 3: Dome Sweet Dome

Despertar con el sonido de la lluvia sobre el domo fue otra mezcla: las certezas de un descanso necesario y de una permanencia obligada. Otra vez sin visibilidad para salir de este laberinto gaseoso y continuo que habitábamos. Éramos privilegiados y agradecimos que el domo fuera domo y no fuera carpa. Fue un día de silencio y reflexión, repasando los hechos del día anterior. Conociendo un par de baqueanos que pasaron por los domos, cocinando, durmiendo la siesta y leyendo.

De a poquito fuimos recuperando la calma y el buen humor. Preparamos lentamente el equipo a sabiendas de que el momento del regreso era una incógnita porque la lluvia, siempre la lluvia, no cesaba.

No había mucho más para hacer; no hay mucho más para contar.

Recuperando el buen humor, y con descenso incierto.

Día 4: el Descenso

Nos costó dormir. En realidad, no pudimos dormir. La perspectiva de enfrentarnos a la niebla y el despiste otra vez, como una maldición, como un karma, nos quitó el sueño. Llovió durante toda la noche y el amanecer nos encontró preparando el equipo en silencio. La incertidumbre y el disfrute todavía no se llevan bien juntos.

Y aquí otra vez nos hizo la Providencia su visita salvadora: Hernán nos comunicó que nos iba a guiar en el primer tramo de bajada. Ya habían sucedido demasiadas contingencias, demasiada niebla, y demasiada Providencia.

Llegó el mediodía y la mitad de camino, y nos estrechamos en un abrazo largo y agradecido de nuestra parte. Hernán nos dio una muestra de humanidad que nunca olvidaremos. Sin él, esta historia no hubiese existido. Un tímido sol se asomó con suavidad, y lentamente cedió la niebla.

Así, la Montaña nos permitió que la dejemos y podamos regresar a casa.

Sólo hasta la próxima vez que nos volvamos a encontrar.

Gracias compañero Hernán!

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