De qué la va? De una disertación sobre Abzenta, o el afrodisíaco de uno mismo.
Encuentro todas y cada respuesta en la Naturaleza, Reino del equilibrio. Reino de la armonía, donde vida y muerte cobran sentido silente. Donde no existe mañana ni ayer, ni juicios. Donde no se acumula, donde se toma sin precio y sin cargo lo necesario sólo para el hoy.
Reino de Perfección. Reino de Justicia.
Con atención dedicada cada principio, cada medio y cada fin se encuentran allí plantados y plasmados, explicados llanos y disponibles en abundancia ilimitada ante los ojos de quien quiera y pueda invertir atención. El objeto y el sentido de la vida. La mismísima vida encuentra su mejor intérprete en las leyes perfectas de lo Natural.
Va de diario público donde obligarme a fijar postura, a tomar partido. Qué partido, no lo sé. Pero alguno es mejor que ninguno. Una base desde donde ver y reveer, y así verme y reveerme. Me late lógico. Cuasi obligatoriamente lógico para forjar la pureza de espíritu: somos lo que hacemos.
Va de fórceps de producción interna que me libre. De la paja mental, del abatatamiento, del facilismo, del mediopelismo barato. Compelido a errar, a errar por producir mas no por hablar al pedo y no hacer nada. Sin dramatismos ni cancha marcada, ni gilada ni plata dulce.
El tiempo y las ideas corren juntos y se transitan, se sufren, se degustan, se paladean, se forman, deforman, nacen, crecen y mueren, y nos acompañamos durante lustros y décadas y no nos dejamos ir, pacientes como pacientes.
Llegan no sé cómo ni por qué, con la certeza del deseo inexplicable. Queman para siempre como habitantes permanentes ocupantes, que rebotan y retuercen intestinas con obsesiva intención.
Y en un momento se extinguen o se realizan en uno. De uno depende. Y como no todo depende de uno, así encuentro alguna manera de que ocurran y no queden en mi íntimo recuerdo privado sólo por mí conocidas; y así compartirlas y decir que son éstas y soy éste.
Loco, no perverso.
Hay que aprender a esperar. Hay que saber ejercer la espera. Las ideas son las perlas de la existencia y el tiempo, su medio finito en el que respiran. Son únicas, irrepetibles, irrecuperables. Hay que aprender a respetarlas. Su concreción es el único equipaje vital que nos pertenece para siempre, compañeras de por vida y nuestras sobrevivientes. Único juez de conciencia, único crítico del recuerdo.
Que la vida se me acabe cuando no se me ocurra más nada.
Va de agradecimiento práctico concreto. A los que haciendo hicieron luz en mí. A Andrés Calamaro. A Fito y León. Mis faros creativos, productivos, fértiles, rebeldes sin transa de lo que, uno sabe, no va a entregar nunca, ni con el último suspiro. A Johnn Lennon y Bob Dylan. A Amancio Williams, Mario Roberto y Oscar Niemeyer, Maestros eternos de los maestros.
Conmoción, transfiguración y reinterpretación vital gracias a ellos. A ellos: gracias.
A los que atizan sin saberlo mi fuego interno, la curiosidad, las dudas, los cuestionamientos de lo establecido. A los que interpelan, jaquean y obligan a recalcular. Y así aceptar, y así ceder, y así entender, y así conocerme mejor. Y así crecer.
No hay razón ni explicación. Sólo hay.
Los analistas no tienen nada que hacer. Mi excepción confirma mi regla. A ella mi dulce excepción va dedicada mi entrega, para que sigamos saltando juntos al vacío.
Hay ideas, hay momentos. Tiempos, épocas, etapas, ciclos. Lo que se ama no se abandona. Queda estampado y quizás sea éste mi mezquino capricho. De la razón al corazón. De la torre al río. De la pantalla a la tinta y el papel. Del gps a la bici y la gomera.
“¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.
Fito Páez
